05 Feb

2020

Por Martín Cabrera

¿Es el Sextante un cacharro más para almacenar en la mesa de cartas o la llave de una aventura?

Me invitaron a formar parte de la tripulación del Vamani y participar de una regata de navegación tradicional de la península a Canarias sin electrónica. 

¿Cuántos de nosotros de niños y no tan niños, una noche de verano nos hemos tirado al suelo de espaldas mirando al cielo solo a observar las estrellas? Estos puntitos luminosos que nos acompañan todas las noches de nuestras vidas nos brindan el GPS natural más exacto que jamás hayamos podido imaginar

Con tan solo un poco de práctica y un poco de observación, porque de eso se trata la navegación, poder interactuar con nuestro entorno para que nos guíe hacia nuestro objetivo final, ya sea una cala, una isla caribeña o solo un paseo por la costa mediterránea. Podrás saber tu posición exacta en tiempo real y todo gracias a un instrumento tan antiguo y a la vez tan práctico como es el sextante. Os voy a explicar mi aventura a bordo del barco Vamani y cómo mediante un sextante pudimos salir adelante.

¿Cómo empezó todo?

Todo empezó hace meses cuando viajé desde Londres a Barcelona para realizar cursos náuticos y formarme como profesional de náutica. Me recomendaron la Escola Port, pues además de contar con muy buen profesorado, realizan todos los cursos tanto de recreo como profesionales necesarios para cumplir mi objetivo de convertirme en profesional de náutica.  

Un plan de navegación tentador

La soleada tarde del 21 de septiembre de 2019 recibí un mensaje de Ramón (“el Barba” como le apodamos), un viejo lobo de mar con quien tuve la suerte de compartir unas prácticas de vela, en Escola Port. Ramón es una persona pintoresca, desde su aspecto hasta sus pensamientos, polígamo (ya está casado con su adorable esposa y con la mar), lector empedernido de todo lo que respecta a la náutica, desde poemas de marineros hasta lo más vanguardista en tecnología aplicable a la navegación.

Esa tarde me vino con una propuesta muy tentadora: “estoy buscando un equipo para participar en la Stella Oceani una regata a la antigua entre la Península y las Canarias, solo sextante, almanaque y carta náutica, ¿te animas?”. Pasados 30 segundos y sin dejarme digerir el primer párrafo, recibo el siguiente ultimátum: salimos el próximo sábado rumbo a Cádiz.

El primer impulso, que casi siempre es el correcto, fue un espasmódico sí, seguido de: ¿cuántos días voy a navegar?, ¿cómo será la tripulación?, ¿podré aguantar todos esos días?… y entre medio de todas esas preguntas estaba ¿navegar solo con sextante?, ¿no nos perderemos?, y cientos de preguntas que me hice antes de lanzarme a la aventura. 

Porque navegar no solo es fijar un rumbo en el piloto automático, tomarse unas cañitas con los amigos y tomar sol en la cubierta… es más, dirigirse a lo desconocido, contra viento y marea, uno de los actos que más se asemeja a la libertad, desplegar las velas y que el viento con su fuerza nos transporte a nuestro destino y así al fin sentirnos parte de este inmenso mundo que nos rodea.

Cursando Capitán de Yate y sin apenas saber manejar el sextante me lanzo a la aventura.

A todo esto, yo me encontraba en pleno curso de Capitán de Yate en la escuela y algo se había hablado sobre este artefacto. Más adelante en el curso me sentí capacitado para utilizarlo y resolver cálculos trigonométricos que me permitirían ubicarme en medio de la mar, pero no en aquel momento.

Mi primer impulso, el de decir “adelante con la travesía”, le ganó a: el miedo a lo desconocido, aparcar los estudios y el trabajo. Decidí pedir vacaciones y responder a Ramón: “parto para Valencia a unirme al grupo y realizar la primera parte de la travesía, desde Valencia a Cádiz”. 

Las siguientes horas pasaron como un garbí de media tarde, cuando quise darme cuenta estaba a escasas horas de embarcarme en el Vamani, un hermoso velero moderno de unos 44 pies.

Al llegar al puerto de Valencia ahí estaba Ramón, de baja estatura, barba larga, piel morena curtida por años de sol, ojos del color mismo del mar Mediterráneo y la sonrisa que lo caracteriza, siempre alegre, y con él… la tripulación… Ivo, un erudito de la fotografía, deportista y amante de la vela, mejor conocido como Trimer; Marc, aspirante a PER, el más joven del equipo pero no por eso el más pequeño, su metro ochenta y cinco, barba de 3 semanas y actitud curiosa lo convirtieron para mí en el Guachin y Jorge, como todo doctor, tranquilo, divertido, metódico y gran cocinero, el Doc.  Una tripulación diferente cada uno de nosotros, pero que nos unía lo mismo, el echarnos a la mar, y como dicen en la mezcla está la esencia. Ahí estábamos en el Vamani, listos para zarpar.

A las 16 horas y a la voz de el Barba soltamos amarras y pusimos proa al horizonte infinito. Entre charlas de reconocimiento y café de por medio, se nos acerca el capitán con una maleta mediana y robusta. Con mucha delicadeza la apoya en la mesa de la bañera… he aquí mi primer encuentro con un sextante a bordo de un barco. ¿Cómo este artefacto de más de dos siglos podría decirme donde me encontraba?

Navegando con los delfines 

Pronto nos encontramos con una manada de delfines que se unen a nuestro rumbo y empiezan a jugar alrededor del barco. En ese momento ya nos damos cuenta de que estamos todos inmersos en la aventura, desconectados de la rutina diaria y alrededor de nosotros solo teníamos el mar y las sorpresas que ofrece la naturaleza.

Primer día de navegación y mi primera experiencia con el sextante fuera del aula

Después de un día entero de navegación en el que tuve la oportunidad de practicar todo lo que había aprendido en las clases y de hacer todo tipo de maniobras con las velas. También tuvimos tiempo de pescar y así la oportunidad de cocinar el pescado más fresco que nunca antes había comido.

Como personas observadoras de la naturaleza, aventureras y dispuestas a despojarse, al menos por unas horas, de toda la tecnología que nos ciega, nos facilita, pero a la vez no nos deja pensar ni desarrollar todos los sentidos que siempre tuvimos para guiarnos en la vida, continuamos el día enfrentándonos a la naturaleza solo con nuestro barco y sus velas…

Eran las 19:30 horas y se empezaban a asomar los primeros cuerpos celestes, momento ideal para generar nuestra primera medición de ángulos, porque, eso es lo que hace el sextante, medir un ángulo entre el horizonte terrestre y un astro… como el sol o el propio lucero. Para realizar dicha medición contamos con un espejo móvil, con una aguja que señala en la escala el ángulo medido, un espejo fijo, que en su parte media permite ver a través de él, una mira telescópica y filtros de protección ocular.

Os cuento como hacerlo: “Colocamos el sextante en sentido vertical y lo orientamos hacia la línea del horizonte, buscamos un astro con la mira telescópica, desplazando el espejo móvil hasta encontrarlo y acto seguido lo hacemos coincidir con el reflejo del horizonte que se visualiza directamente en la mitad del espejo fijo. De ese modo se verá de un lado el horizonte y del otro el astro.

Lo que marque la escala graduada indicará el ángulo que determina la llamada altura Instrumental u Observada de un astro a una hora exacta medida en minutos y segundos. Tras realizar las correcciones al instrumento, de fecha, hora, refracción, obtenemos la Altura Verdadera de dicho astro.”

Lo sé, a primera impresión dirás… ¿qué me está contando? Y la verdad es que no se puede uno imaginar cómo medir la altura de un astro hasta que lo intentas y tienes a alguien que te explique cómo funciona… pero como todo… ver para creer o mejor dicho… experimentar, aprender… ser curioso, preguntar y animarse a más. 

Y ahí estábamos como pirata mirando su botín, escuchando al Barba como tomaríamos cada uno la medición.

Anochece y cambia el tiempo, se forman tornados a nuestro alrededor

Llegó el anochecer y con ello el cambio de tiempo, formándose a nuestro alrededor pequeños tornados que preferimos esquivar.

Una vez superado el reto de los tornados, decidimos cenar. ¿Quién será el chef hoy?, y sin dudarlo un segundo el primero en levantar la mano fue el Doc, “hoy cocino yo”. Nadie imaginó que él sería nuestro chef preferido en toda la travesía.

Cuando navegas siempre hay sorpresas

Los días van pasando y cada día es diferente porque no solo la naturaleza nos da sorpresas, a veces también las sorpresas vienen de parte de otras embarcaciones que están realizando planes de navegación de diferente índole. En este caso se trató de una embarcación que se encontraba en nuestra ruta y se le estropeó el motor por lo que nos pidió auxilio. Nos tocó la acción solidaria del día, tener que remolcarlo hasta el puerto más cercano y continuar con nuestra marcha. Esto nos supuso horas de retraso que tuvimos que compensar haciendo más intensa nuestra navegación y guardias.

Las guardias durante el día son más llevaderas que las nocturnas. Pero, ¿a que no referimos con guardias? Las guardias son horas que tenemos que cumplir llevando la embarcación, controlando todos los parámetros como el rumbo, el motor, las velas, nuestro alrededor por si se cruza algo o alguien y así poder evitar un abordaje o cualquier inconveniente hasta llegar a destino. Se suelen realizar de períodos cortos cuando se cuenta con un gran número de tripulantes.

La última guardia le tocó a quien escribe y a nuestro tan apreciado capitán, el Barba. Empuñando la rueda de timón, ahí me encontraba, en medio del inmenso mar por el que navegaron tantos griegos, vikingos, árabes, fenicios, romanos y más civilizaciones que van a seguir atravesando sus aguas bajo ese mismo manto de estrellas. Podría decirse que esa noche me sentí en paz, con el Vamani rumbo a las Torres de Hércules.

Tras días de intensa navegación los tripulantes divisamos a lo lejos el Estrecho de Gibraltar y con ello el final de la primera parte de esta travesía en Cádiz, Puerto Sherry.

Aquí me despedí del resto de la tripulación, que continuaría la travesía hasta Canarias, mientras yo volvía en avión a la realidad, los estudios, el trabajo y la electrónica.


En la fecha de edición de este post, febrero de 2020. Martín Cabrera es ya profesional de náutica y coordinador de la flota de veleros J80 del Club de Vela de Barcelona de la Escola Port.

Las fotos de este artículo son obra de Ovidio Tarragón.