Montones de naranjas como estas y otras mercancías que llegaban al puerto de Barcelona esperaban en el muelle para ser distribuidas en los mercados y comercios. Ya a principios del siglo XX el puerto contaba con una intensa actividad mercantil. La industrialización y la llegada de barcos de gran tamaño hicieron necesaria la construcción de los cobertizos donde mantener las mercancías protegidas de la intemperie.
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