05 Feb

2019

Experiencia de travesía por el Mediterráneo (Por Adriana Colás)

Hay experiencias que nunca se olvidan, que se instalan permanentemente en nuestra memoria, experiencias que atraviesan cada uno de nuestros sentidos y perduran para toda la vida. Experiencias sensoriales que tras reconocer un olor, sentir una brisa o un rayo de sol nos trasladan directamente a momentos vividos. Surcar los colores del Mediterráneo entre la península y las Islas Baleares es una de ellas.

Experiencia de unas prácticas de PER a Islas Baleares

Son las ocho de la tarde de un viernes de agosto estamos en el Port Olímpic de Barcelona. El sol aún aguanta en su sitio, grande, brillante y con una calidez apacible. En el velero está todo listo para partir rumbo Mallorca. Sube el último compañero, soltamos amarres y zarpamos. Empieza el viaje.

Poco a poco, el puerto es cada vez más pequeño, Barcelona se convierte en una hilera de luces, la emblemática arquitectura de la capital catalana es todavía fácilmente reconocible: el teleférico de Montjuic, el hotel Vela, las Torres Mapfre … y finalmente, la costa catalana nos dice adiós. Miramos hacia popa y la inmensidad del mar deslumbra. Libertad. Evasión. Sopla el viento, ligero, agradable y desde hace un rato,  ya hemos izado velas.

Aproximadamente unas quince horas nos separan de nuestro destino. Cada uno toma su posición. El mar establece un comportamiento humano que dista del mundanal ajetreo de la ciudad. El silencio es el protagonista y el marinero lo sabe, lo respeta y lo disfruta.

Ya no se ve tierra, el mar está tranquilo y el cielo despejado, navegamos, escuchamos, miramos y comentamos  acompañados por el vaivén de las olas. Somos diez a bordo, ocho futuros marineros que están realizando las prácticas del PER habilitadas para vela, el capitán y yo.

El azul del mar es fuerte, intenso, unas cuantas millas nos separan ya de Barcelona. Mientras, el sol empieza a ponerse en el infinito, donde se juntan mar y cielo, y con su marcha va tiñendo el cielo de una amalgama de colores que parece casi imposible: anaranjados, rojizos, rosados y azulados se entremezclan con los últimos resquicios de los rayos de sol. El mar abraza cada uno de estos reflejos, son los colores del Mediterráneo.

Cae la noche. Los turnos ya están decididos. La noche es otro espectáculo, sin contaminación lumínica se aprecia una luna brillante y un cielo lleno de estrellas. Cielos solo posibles de ver en alta mar o en medio del desierto. Alguien señala la constelación del Dragón que con su cola intenta separar la osa mayor de la menor.  Y el Triángulo de verano, fácilmente visible en esta época del año, Altair, Deneb y Vega brillan con intensidad marcando los vértices. Júpiter y Marte también se dejan ver con seguridad. Silencio … se escucha el silencio, se oyen los sonidos del Mediterráneo …

Mientras el barco sigue lentamente su rumbo, en el camarote sientes como te acuna el mar, como te envuelve ese vaivén del mar, un ritmo lento y placentero que cuando te has dado cuenta ya es otro día.

En cubierta, el marinero de guardia dice que en unas cuatro horas llegaremos al Port de Sóller. El sol ya empieza a saludar y el perfume del mar se adentra en el cuerpo. Respiro profundamente como para llevar siempre conmigo ese aroma a Mediterráneo. Tomamos un café, avanzamos con un mar tranquilo y un sol cada vez más alto. Unos leen, otros hablan y de repente, unos delfines nos acompañan. Pura vida.

La silueta de Mallorca se ve vagamente en el horizonte. Nos damos un baño en alta mar. Revitalizante, el agua en la inmensidad está más fría. La sal, el mar, el sol curten la piel, es el porqué de esos tonos marineros tan enamoradizos.

Llegamos a la altura de la Dragonera, islote protegido como Parque Natural, en lo alto del cual se levanta un faro. Nos rodean altos acantilados. Pequeñas casetas de pescadores visten pequeñas orillas rocosas de la Serra de Tramontana. Dicen que es peligroso navegar por este paso, que no puede atravesarse con mal tiempo, ya que está sembrado de arrecifes peligrosos.

Embocamos el Port de Sóller bien entrado el mediodía. Tras bordear parte de la costa de la Tramontana, se abre la pequeña  bahía de Sóller, único refugio de la costa noreste de Mallorca,  un puerto natural que conforme te adentras parece trasladarte a otra época. El faro del puerto a la izquierda y la montaña a la derecha, nos dan la bienvenida. Dejamos el barco, pisamos tierra y el vaivén del Mediterráneo aún nos acompaña.

Adriana Colás

La travesía por el Mediterráneo y la experiencia de prácticas PER acaba así de bien. ¡Gracias a Adriana por compartir su experiencia con todos los lectores!