Después de numerosas reformas a causa de los temporales que dañaron el dique, a principios del siglo XX ir al «Rompeolas» (así lo llamaban) era ya un clásico del ocio barcelonés. Pescar, pasear, o simplemente tomar un rato la brisa marina eran algunas de las cosas que se podían hacer a finales de los años ’50, cuando el rompeolas se alargó 1500 metros más allá del faro se hizo accesible para peatones y automóviles.

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